viernes, 6 de enero de 2017

La despedida




#cuentosdenavidad

Entreabre ligeramente la puerta de la habitación y asoma por ella la cabeza.
-Sara, ¿estás despierta?
Pero no, Sara no contesta. Su madre entra, como cuando era una niña, y la arropa con la sábana, porque se ha quedado dormida y está totalmente destapada. Pobre, piensa, está destrozada, todo el día para arriba y para abajo. Mira que insistir en celebrar la boda el día siguiente al de Navidad. Ha sido una odisea que alguna iglesia consintiera en celebrar la boda ese día. Pero los dos se empeñaron, querían unir su celebración a la alegría de las fiestas, así todos los años sería festivo para ellos.
Le pasa la mano por el pelo, la larga melena desmadejada sobre la almohada, y Sara gime ligeramente, pero no despierta.
Al volver la mirada, la madre se encuentra con el vestido de novia perfectamente protegido en su funda, y colgado del pomo de la puerta del altillo. Una enorme figura fantasmal que da la impresión de estar allí velando el sueño de su pequeña.
No puede evitar el impulso, se acerca para abrir con cuidado la cremallera y lo acaricia con suavidad. El “blanco roto” de la seda, así lo llamó la dependienta, recuerda, queda iluminado por la luz de la luna, que se derrama por la habitación. Parece que se asomara curiosa para comprobar el sueño de su niña, la noche antes de ese día tan especial.
Reprime un suspiro de admiración. Mira que lo he visto veces, se dice, pero no puedo evitar sorprenderme cada vez que lo miro. Va a estar preciosa.
Una lágrima la traiciona y resbala quemándole la mejilla. La seca con el dorso de la mano y busca en el bolsillo el pañuelo arrugado que tantas veces ha usado hoy. Mira a su hija dormida y se dice que al día siguiente se irá, que ya no podrá pasar más por la habitación para comprobar su sueño, algo que la reconforta todas las noches cuando va camino de su dormitorio, y ahora se le hace un nudo en la garganta y siente como si un puño le oprimiera el pecho, pero intenta reponerse. No es motivo de tristeza, sino de alegría. Se lo repite a cada momento.  Sabe que él es un buen chico y que está rendido a sus pies. Hacen una pareja preciosa, con su juventud y sus proyectos, como ella y su marido cuando tenían su edad. Pero el hilo invisible que la une a Sara hoy se hace cadena que intenta evitar su partida.
Qué rara es la vida, piensa. Sé que tengo que estar feliz; si no mañana tendré unas bolsas horribles bajo los ojos, intenta bromear, pero duele demasiado.
Junto al vestido, en la cómoda donde tantas veces le ordenó los collares y demás abalorios, esperan para ocupar mañana su lugar de honor los pendientes de la abuela. Ella misma los llevó en su boda. Algo usado, le había pedido Sara el mes pasado, cuando comenzaron los nervios por concluir los últimos detalles. Y qué mejor amuleto que aquél, con su mágica historia impregnando cada hueco del fino labrado, que  la abuela le contaba una y otra vez, cómo los empeñó durante la guerra y pudo volver a rescatarlos después de muchos años de esfuerzo.
Pasa los dedos por los lomos de los libros de su estantería y los acaricia, apenas los roza, desgastados por el uso y parece que los recuerdos la atropellaran sin piedad. El primer diente de Sara; sus pintas con aquel uniforme el primer día de colegio,  que parecía que iba a desaparecer dentro, de lo grande que le quedaba; la tarde aquella en la que le vino a contar nerviosa que aquel chico esmirriado de la última fila, ¿sabes mamá? ¿ése del aparato en los dientes, el que siempre me pierde el sacapuntas?, le había dejado una nota de amor en la mochila; y aquel enfado porque se fue a la playa con las amigas y no le contó que no iban a estar sus padres; su imagen recogiéndose el pelo para parecer mayor el primer día de clase, porque se sonrojaba diciendo que los alumnos la confundían con una de ellos…
Vuelve a sacar el pañuelo del bolsillo y la mira. Sigue dormida. Cae de pronto en la cuenta de la hora que es al ver que  el reloj de la mesilla marca ya las tres de la madrugada, el mismo que se trajo de aquella verbena, el de la muñequita ésa que a ella le gustaba tanto, pero que ya ha perdido la diadema y el bolso.
Se sorbe la nariz y se recompone, vuelve a darle un beso en la mejilla, mientras le susurra con voz tan queda que casi parece que esté rezando: “Mañana todos estaremos ahí para arroparte y acompañarte, como siempre mi amor. Sal del nido y vuela, mi pequeño gorrión”

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