#cuentosdenavidad
Reina absoluta del cielo nocturno, tengo el poder de la omnipresencia, o casi... Y en una noche clara como esta tengo vistas privilegiadas y disfruto observándolo todo.
Tan fría era la noche que la humedad acumulada en la ventana dibujaba caprichosas formas de hielo y se proyectaban mágicas formas de suaves luces sobre la pared.
La chica no podía conciliar el sueño, llevaba así desde el inicio de la Navidad. Le habían dicho además que esa noche los Reyes Magos repartirían regalos por las casas y que había que dormirse pronto porque si pasaban y la encontraban despierta no se los dejarían.
Llevaba ya semanas nerviosa pensando en si podrían concederle lo que había pedido, y haciendo méritos porque los mayores decían que los Reyes se paseaban por las casas para ver quién se portaba bien y quién no, y a estos últimos sólo les dejaban carbón. Yo soy la que lo veo todo en realidad, y les paso a Ellos los detalles. Así que la chica no podía arriesgarse mucho, ya no tendría otra oportunidad hasta la próxima Navidad y tenía que conseguirlo.
Era algo muy particular, porque lo que ella quería no era un regalo, lo que deseaba con todas sus fuerzas era una hermana, alguien con quien jugar, con quien compartir secretos y aventuras, alguien que le quitara las muñecas y le escondiera los tesoros, alguien con quien pelearse y que la pusiera de los nervios al comerse el último trozo de chocolate...pero alguien con quien sentirse acompañada.
Desde que su papá se marchó para cuidarla desde aquí junto a los abuelos, se había llevado también con él las risas de la casa, el brillo en los ojos de su madre, los susurros en la cocina que me encantaban y las ganas de jugar de la chica.
Así que al final, con la barriguilla llena de los caramelos de la cabalgata, el dulce rosco de Reyes y los nervios por si realmente escuchaba a los Reyes llegar, fue entrando lentamente en el sueño.
Aunque no me veas de día, yo sigo vigilante desde mi atalaya y lo observo todo, ventajas de una insomne.
La mañana comenzó igual de fría con un limpio cielo azul y un blanco de escarcha sobre el césped.
-¡Marta, Marta!- gritaba su madre desde la puerta del salón- ¡Ven, corre mira todo lo que hay aquí!
La chica despertó de repente y se dio cuenta del día tan señalado que era, por fin. Maldijo por haberse quedado dormida y no haber podido recibir a Sus Majestades como esperaba. Pero salió corriendo hacia el salón con un nudo en el estómago.
Allí, delante de ella se desplegaba un mar de lazos de colores y papeles brillantes sobre el sofá, todo salpicado de chocolatinas y caramelos como si un dulce huracán hubiera arrasado durante la noche.
Los ojos hinchados de su madre brillaban mirando su reacción intentando dismular con palabras de alegría la triste presencia de las ojeras que ya formaban parte de su rostro desde hacía algunos meses.
-¡Qué barbaridad, Marta cuántas cosas, pequeña!
La chica miraba emocionada hacia todos lados sin poder contener la desilusión por no encontrar lo que realmente estaba esperando. Qué tonta, ¿pensaba quizá que una hermana era algo que podía envolverse así como un regalo?
El timbre de la puerta rompió el momento y madre e hija se miraron extrañadas. Se dirigieron hacia la puerta. Al abrir se encontraron con una mujer.
-Buenos días, ¿Sra. Martínez, por favor?
-Sí, soy yo, ¿qué desea?
-Hola, perdone que me presente en su casa un día como el de hoy, pero es que ayer tuvimos un problema con los horarios de los aviones, usted sabe... las fiestas y todo eso. Soy Antonia Sáenz, hemos hablado estos días atrás por teléfono.
-¡Pues claro! Perdone, no nos conocíamos personalmente -la cara de la madre se iluminó de repente.
-Bueno, pues traigo a alguien conmigo que deseaba conocerlas.
Y girándose un poco dejó al descubierto a una personita menuda que hasta ahora había permanecido escondida tras ella. Rizos oscuros enmarcando una pequeña carita de piel color caramelo, unos ojos brillantes y algo asustados.
-Os presento a Fahima, y va a pasar una temporada con vosotras.
Sé que la chica notó cómo le daba un golpe furioso el corazón como si hubiera comenzado a andar de repente, despertándose entonces del letargo de la noche. No podía creerlo, se acercó a ella y le cogió la mano.
-Ven, te estaba esperando- le dijo - ¡Mira todo lo que nos han dejado los Reyes, vamos a abrir los regalos!
¡Oh! Hay días en los que desearía ser humana.
Luz de gas
viernes, 6 de enero de 2017
La despedida
#cuentosdenavidad
Entreabre ligeramente la puerta de la habitación y asoma por ella la cabeza.
-Sara, ¿estás despierta?
Pero no, Sara no contesta. Su madre entra, como cuando era una niña, y la arropa con la sábana, porque se ha quedado dormida y está totalmente destapada. Pobre, piensa, está destrozada, todo el día para arriba y para abajo. Mira que insistir en celebrar la boda el día siguiente al de Navidad. Ha sido una odisea que alguna iglesia consintiera en celebrar la boda ese día. Pero los dos se empeñaron, querían unir su celebración a la alegría de las fiestas, así todos los años sería festivo para ellos.
Le pasa la mano por el pelo, la larga melena desmadejada sobre la almohada, y Sara gime ligeramente, pero no despierta.
Al volver la mirada, la madre se encuentra con el vestido de novia perfectamente protegido en su funda, y colgado del pomo de la puerta del altillo. Una enorme figura fantasmal que da la impresión de estar allí velando el sueño de su pequeña.
No puede evitar el impulso, se acerca para abrir con cuidado la cremallera y lo acaricia con suavidad. El “blanco roto” de la seda, así lo llamó la dependienta, recuerda, queda iluminado por la luz de la luna, que se derrama por la habitación. Parece que se asomara curiosa para comprobar el sueño de su niña, la noche antes de ese día tan especial.
Reprime un suspiro de admiración. Mira que lo he visto veces, se dice, pero no puedo evitar sorprenderme cada vez que lo miro. Va a estar preciosa.
Una lágrima la traiciona y resbala quemándole la mejilla. La seca con el dorso de la mano y busca en el bolsillo el pañuelo arrugado que tantas veces ha usado hoy. Mira a su hija dormida y se dice que al día siguiente se irá, que ya no podrá pasar más por la habitación para comprobar su sueño, algo que la reconforta todas las noches cuando va camino de su dormitorio, y ahora se le hace un nudo en la garganta y siente como si un puño le oprimiera el pecho, pero intenta reponerse. No es motivo de tristeza, sino de alegría. Se lo repite a cada momento. Sabe que él es un buen chico y que está rendido a sus pies. Hacen una pareja preciosa, con su juventud y sus proyectos, como ella y su marido cuando tenían su edad. Pero el hilo invisible que la une a Sara hoy se hace cadena que intenta evitar su partida.
Qué rara es la vida, piensa. Sé que tengo que estar feliz; si no mañana tendré unas bolsas horribles bajo los ojos, intenta bromear, pero duele demasiado.
Junto al vestido, en la cómoda donde tantas veces le ordenó los collares y demás abalorios, esperan para ocupar mañana su lugar de honor los pendientes de la abuela. Ella misma los llevó en su boda. Algo usado, le había pedido Sara el mes pasado, cuando comenzaron los nervios por concluir los últimos detalles. Y qué mejor amuleto que aquél, con su mágica historia impregnando cada hueco del fino labrado, que la abuela le contaba una y otra vez, cómo los empeñó durante la guerra y pudo volver a rescatarlos después de muchos años de esfuerzo.
Pasa los dedos por los lomos de los libros de su estantería y los acaricia, apenas los roza, desgastados por el uso y parece que los recuerdos la atropellaran sin piedad. El primer diente de Sara; sus pintas con aquel uniforme el primer día de colegio, que parecía que iba a desaparecer dentro, de lo grande que le quedaba; la tarde aquella en la que le vino a contar nerviosa que aquel chico esmirriado de la última fila, ¿sabes mamá? ¿ése del aparato en los dientes, el que siempre me pierde el sacapuntas?, le había dejado una nota de amor en la mochila; y aquel enfado porque se fue a la playa con las amigas y no le contó que no iban a estar sus padres; su imagen recogiéndose el pelo para parecer mayor el primer día de clase, porque se sonrojaba diciendo que los alumnos la confundían con una de ellos…
Vuelve a sacar el pañuelo del bolsillo y la mira. Sigue dormida. Cae de pronto en la cuenta de la hora que es al ver que el reloj de la mesilla marca ya las tres de la madrugada, el mismo que se trajo de aquella verbena, el de la muñequita ésa que a ella le gustaba tanto, pero que ya ha perdido la diadema y el bolso.
Se sorbe la nariz y se recompone, vuelve a darle un beso en la mejilla, mientras le susurra con voz tan queda que casi parece que esté rezando: “Mañana todos estaremos ahí para arroparte y acompañarte, como siempre mi amor. Sal del nido y vuela, mi pequeño gorrión”
Ausencias
#cuentosdenavidad
La mañana amanece lluviosa, como tantas otras de este mes de Diciembre desde hace más de una semana. Va a ser una Navidad húmeda y triste este año, igual que está su corazón. Marta tiene por costumbre salir de la cama nada más sonar el despertador, se estira un poco ya va directa a la ducha para coger fuerzas y comenzar la jornada.
Maia, su gata, la observa sin inmutarse enroscada a los pies de la cama. Es como si el amanecer no fuera con ella: se gira, se despereza lánguidamente y cambia de postura volviendo a cerrar los ojos para echar un rato más de sueño.
Una vez en la cocina, Marta se prepara un café: le encanta ese momento del día, antes de salir a coger el metro y adentrarse en el bullicio de la mañana. Con el calor de la taza entre las manos, intenta encontrar en él un poco de alivio a ese frío perenne, mira a través de la ventana cómo las pesadas gotas se estrellan con fuerza contra el cristal. Se queda mirando una y la sigue por el discurrir del vidrio, se va haciendo cada vez más pequeña dejando parte de ella en su rastro, hasta finalmente morir y desparecer...
Una idea le viene a la cabeza, coge el móvil y teclea:
"Se deshace mi vida dejando huellas como gotas de lluvia en el cristal. ¿Desaparecerá también mi rastro con el sol, tras la tormenta?"
Es así como se siente últimamente, lleva un tiempo algo perdida. Escribe la frase en su estado en el facebook, da un rápido repaso a las nuevas notificaciones y los comentarios y acepta un par de solicitudes de amistad que le han llegado. Seguidamente abre su cuenta de Twitter y cuelga la misma frase. Más tarde desde el ordenador de la oficina lo subirá al blog con algún pensamiento más; desde el teléfono es muy difícil.
Le ha cogido gusto a esto de las redes sociales, le permiten dar rienda suelta a esos pensamientos que hasta ahora sólo emborronaban hojas de libretas que se acumulaban. Y se siente en contacto con alguien, algo más necesario desde que Miguel se marchó. Pero lo mejor es el blog, ahí sí que puede explayarse; mensajes lanzados a la red sin saber hasta dónde llegarán, ni quién los recibirá. Cada vez que cuelga una entrada se sorprende nerviosa esperando comentarios de personas a las que sólo conoce por un avatar y un alias, pero que le llenan los bolsillos de palabras amistosas y pensamientos afines a ella.
Comprueba que Maia tiene comida y agua para pasar el día y sale para la oficina. Como aún es temprano no va a pillar hora punta y podrá hacer el recorrido tranquilamente sentada y aprovechará para leer un rato. Además ha habido un descenso considerable en el número de acompañantes silenciosos esta semana, la mayoría ya ha cogido vacaciones para visitar a sus familias por Navidad, es la explicación más lógica para ella.
Al subir a la calle ha dejado de llover por lo que hoy va a disfrutar del pequeño paseo desde allí hasta la oficina. Va mirando distraídamente escaparates y casi tropieza con el cuerpo de una mujer tendida en la puerta de una galería comercial. Habrá pasado allí la noche huyendo del mal tiempo, piensa, al cobijo del portal y al escaso abrigo que le proporcionan unos cartones mal dispuestos sobre las piernas. Todos pasan sorteándola con la indiferencia que provoca la rutina y la incómoda vergüenza que deja la pasividad, pero por un breve momento Marta se encuentra con los ojos hundidos de la mujer.
"Te encuentro sola rodeada de cientos, envuelta en la miseria que incomoda a la abundancia"
Se detiene un momento para escribir la frase en el móvil y la guarda para más tarde.
Cuando llega a su mesa en la oficina y abre el ordenador comprueba que su comentario de esa mañana acumula ya doce "megustas" y cinco mensajes, y su nota ha sido también redifundida seis veces. Recompone la entrada al blog añadiendo algunas ideas más , lo cierra todo y desconecta; tiene que ponerse manos a la obra con las facturas pendientes de terminar y preparar dos presupuestos nuevos con los datos que le ha dejado su jefe sobre la mesa. Todo se acelera ante la llegada de la Navidad y el nuevo año.
A ratos, se descubre pensando en que siente como si durante todo el día no hiciera más que representar un papel, alguien que se ocupa de pagar facturas, hacer la compra, hablar con las compañeras, evitar que Maia muera de hambre...; pero que está fuera de lugar.
Pero es de noche cuando más acusa ese vacío. Siente escarcha en el corazón desde que Miguel se marchó. Por mucho que rellene las horas con el mundo de espejismos que ha creado en la red, siente que ha perdido el hilo que la mantenía atada a la realidad. Esta noche, en el sofá, con Maia enrollada entre sus piernas volverá a teclear: "Es tu silencio el que me ensordece, y esa ausencia tuya obstinada en permanecer junto a mí"
Quizá mañana sí haya algún mensaje de Miguel.
La mañana amanece lluviosa, como tantas otras de este mes de Diciembre desde hace más de una semana. Va a ser una Navidad húmeda y triste este año, igual que está su corazón. Marta tiene por costumbre salir de la cama nada más sonar el despertador, se estira un poco ya va directa a la ducha para coger fuerzas y comenzar la jornada.
Maia, su gata, la observa sin inmutarse enroscada a los pies de la cama. Es como si el amanecer no fuera con ella: se gira, se despereza lánguidamente y cambia de postura volviendo a cerrar los ojos para echar un rato más de sueño.
Una vez en la cocina, Marta se prepara un café: le encanta ese momento del día, antes de salir a coger el metro y adentrarse en el bullicio de la mañana. Con el calor de la taza entre las manos, intenta encontrar en él un poco de alivio a ese frío perenne, mira a través de la ventana cómo las pesadas gotas se estrellan con fuerza contra el cristal. Se queda mirando una y la sigue por el discurrir del vidrio, se va haciendo cada vez más pequeña dejando parte de ella en su rastro, hasta finalmente morir y desparecer...
Una idea le viene a la cabeza, coge el móvil y teclea:
"Se deshace mi vida dejando huellas como gotas de lluvia en el cristal. ¿Desaparecerá también mi rastro con el sol, tras la tormenta?"
Es así como se siente últimamente, lleva un tiempo algo perdida. Escribe la frase en su estado en el facebook, da un rápido repaso a las nuevas notificaciones y los comentarios y acepta un par de solicitudes de amistad que le han llegado. Seguidamente abre su cuenta de Twitter y cuelga la misma frase. Más tarde desde el ordenador de la oficina lo subirá al blog con algún pensamiento más; desde el teléfono es muy difícil.
Le ha cogido gusto a esto de las redes sociales, le permiten dar rienda suelta a esos pensamientos que hasta ahora sólo emborronaban hojas de libretas que se acumulaban. Y se siente en contacto con alguien, algo más necesario desde que Miguel se marchó. Pero lo mejor es el blog, ahí sí que puede explayarse; mensajes lanzados a la red sin saber hasta dónde llegarán, ni quién los recibirá. Cada vez que cuelga una entrada se sorprende nerviosa esperando comentarios de personas a las que sólo conoce por un avatar y un alias, pero que le llenan los bolsillos de palabras amistosas y pensamientos afines a ella.
Comprueba que Maia tiene comida y agua para pasar el día y sale para la oficina. Como aún es temprano no va a pillar hora punta y podrá hacer el recorrido tranquilamente sentada y aprovechará para leer un rato. Además ha habido un descenso considerable en el número de acompañantes silenciosos esta semana, la mayoría ya ha cogido vacaciones para visitar a sus familias por Navidad, es la explicación más lógica para ella.
Al subir a la calle ha dejado de llover por lo que hoy va a disfrutar del pequeño paseo desde allí hasta la oficina. Va mirando distraídamente escaparates y casi tropieza con el cuerpo de una mujer tendida en la puerta de una galería comercial. Habrá pasado allí la noche huyendo del mal tiempo, piensa, al cobijo del portal y al escaso abrigo que le proporcionan unos cartones mal dispuestos sobre las piernas. Todos pasan sorteándola con la indiferencia que provoca la rutina y la incómoda vergüenza que deja la pasividad, pero por un breve momento Marta se encuentra con los ojos hundidos de la mujer.
"Te encuentro sola rodeada de cientos, envuelta en la miseria que incomoda a la abundancia"
Se detiene un momento para escribir la frase en el móvil y la guarda para más tarde.
Cuando llega a su mesa en la oficina y abre el ordenador comprueba que su comentario de esa mañana acumula ya doce "megustas" y cinco mensajes, y su nota ha sido también redifundida seis veces. Recompone la entrada al blog añadiendo algunas ideas más , lo cierra todo y desconecta; tiene que ponerse manos a la obra con las facturas pendientes de terminar y preparar dos presupuestos nuevos con los datos que le ha dejado su jefe sobre la mesa. Todo se acelera ante la llegada de la Navidad y el nuevo año.
A ratos, se descubre pensando en que siente como si durante todo el día no hiciera más que representar un papel, alguien que se ocupa de pagar facturas, hacer la compra, hablar con las compañeras, evitar que Maia muera de hambre...; pero que está fuera de lugar.
Pero es de noche cuando más acusa ese vacío. Siente escarcha en el corazón desde que Miguel se marchó. Por mucho que rellene las horas con el mundo de espejismos que ha creado en la red, siente que ha perdido el hilo que la mantenía atada a la realidad. Esta noche, en el sofá, con Maia enrollada entre sus piernas volverá a teclear: "Es tu silencio el que me ensordece, y esa ausencia tuya obstinada en permanecer junto a mí"
Quizá mañana sí haya algún mensaje de Miguel.
viernes, 30 de marzo de 2012
¿Qué pensarán los extranjeros cuando visitan mi ciudad? Los veo pasear con sus mapas en las manos y sus cámaras colgadas mirando asombrados a la Giralda cuando van bajando por la calle Mateos Gago hacia la plaza Virgen de los Reyes, notando en el aire el olor suave de los azahares que comienzan a florecer en esos naranjos que les hacen el pasillo. Al llegar a la plaza, el sonido de los caballos piafando sobre los adoquines, y la Giralda majestuosa y triunfal erguida tras ocho siglos. ¿ Quizá fantaseen como yo, pensando en las historias vividas a sus pies?, ¿les rondarán los fantasmas de los mercaderes alrededor de la catedral ofreciendo sus servicios?
Y si continúan hacia la Plaza del Triunfo, sabrán ellos de su significado, del triunfo sobre el terremoto, de la vida y la esperanza sobre el miedo a las fuerzas indomables de la naturaleza con el que se levantaron los sevillanos aquel 1º de Noviembre, con el sonido de las campanas tañendo solas y los espíritus de Stas. Justas y Rufina (dicen) sosteniendo su Giralda, ironías de la vida, durante una misa de difuntos.
Y qué decir del continuo serpentear de sus callejuelas con los sonidos suaves de unas cuerdas de guitarra, o de algún acordeón con que los músicos callejeros les acompañan durante el paseo. Calles empedradas y estrechas que les hacen descubrir pequeñas plazas envueltas en el silencio, con el único sonido del repiqueteo del agua en una fuente o el canto de los pájaros en los naranjos, como en esa plaza de Dª Elvira. Y esas calles de nombres ensoñadores como Vida, Aire, Judería o ese Callejón del Agua, donde las casas aún conservan puertas imposibles con grabados centenarios y mágicas leyendas.
¿Qué pensarán los forasteros cuando visitan mi ciudad?. Se habrán enamorado alguna noche a las orillas del Guadalquivir, habrá alguno recordando desde su casa el beso que robó a una sevillana sentando en un banco a los pies de la Torre del Oro en una noche clara de Abril, con la luna rielando sobre el río
No es fácil saber si estos pensamientos les cruzan por la cabeza cuando pasean por mis calles.¿Será eso lo que piensan ellos de mi cuando yo paseo por las suyas?
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