#cuentosdenavidad
La mañana amanece lluviosa, como tantas otras de este mes de Diciembre desde hace más de una semana. Va a ser una Navidad húmeda y triste este año, igual que está su corazón. Marta tiene por costumbre salir de la cama nada más sonar el despertador, se estira un poco ya va directa a la ducha para coger fuerzas y comenzar la jornada.
Maia, su gata, la observa sin inmutarse enroscada a los pies de la cama. Es como si el amanecer no fuera con ella: se gira, se despereza lánguidamente y cambia de postura volviendo a cerrar los ojos para echar un rato más de sueño.
Una vez en la cocina, Marta se prepara un café: le encanta ese momento del día, antes de salir a coger el metro y adentrarse en el bullicio de la mañana. Con el calor de la taza entre las manos, intenta encontrar en él un poco de alivio a ese frío perenne, mira a través de la ventana cómo las pesadas gotas se estrellan con fuerza contra el cristal. Se queda mirando una y la sigue por el discurrir del vidrio, se va haciendo cada vez más pequeña dejando parte de ella en su rastro, hasta finalmente morir y desparecer...
Una idea le viene a la cabeza, coge el móvil y teclea:
"Se deshace mi vida dejando huellas como gotas de lluvia en el cristal. ¿Desaparecerá también mi rastro con el sol, tras la tormenta?"
Es así como se siente últimamente, lleva un tiempo algo perdida. Escribe la frase en su estado en el facebook, da un rápido repaso a las nuevas notificaciones y los comentarios y acepta un par de solicitudes de amistad que le han llegado. Seguidamente abre su cuenta de Twitter y cuelga la misma frase. Más tarde desde el ordenador de la oficina lo subirá al blog con algún pensamiento más; desde el teléfono es muy difícil.
Le ha cogido gusto a esto de las redes sociales, le permiten dar rienda suelta a esos pensamientos que hasta ahora sólo emborronaban hojas de libretas que se acumulaban. Y se siente en contacto con alguien, algo más necesario desde que Miguel se marchó. Pero lo mejor es el blog, ahí sí que puede explayarse; mensajes lanzados a la red sin saber hasta dónde llegarán, ni quién los recibirá. Cada vez que cuelga una entrada se sorprende nerviosa esperando comentarios de personas a las que sólo conoce por un avatar y un alias, pero que le llenan los bolsillos de palabras amistosas y pensamientos afines a ella.
Comprueba que Maia tiene comida y agua para pasar el día y sale para la oficina. Como aún es temprano no va a pillar hora punta y podrá hacer el recorrido tranquilamente sentada y aprovechará para leer un rato. Además ha habido un descenso considerable en el número de acompañantes silenciosos esta semana, la mayoría ya ha cogido vacaciones para visitar a sus familias por Navidad, es la explicación más lógica para ella.
Al subir a la calle ha dejado de llover por lo que hoy va a disfrutar del pequeño paseo desde allí hasta la oficina. Va mirando distraídamente escaparates y casi tropieza con el cuerpo de una mujer tendida en la puerta de una galería comercial. Habrá pasado allí la noche huyendo del mal tiempo, piensa, al cobijo del portal y al escaso abrigo que le proporcionan unos cartones mal dispuestos sobre las piernas. Todos pasan sorteándola con la indiferencia que provoca la rutina y la incómoda vergüenza que deja la pasividad, pero por un breve momento Marta se encuentra con los ojos hundidos de la mujer.
"Te encuentro sola rodeada de cientos, envuelta en la miseria que incomoda a la abundancia"
Se detiene un momento para escribir la frase en el móvil y la guarda para más tarde.
Cuando llega a su mesa en la oficina y abre el ordenador comprueba que su comentario de esa mañana acumula ya doce "megustas" y cinco mensajes, y su nota ha sido también redifundida seis veces. Recompone la entrada al blog añadiendo algunas ideas más , lo cierra todo y desconecta; tiene que ponerse manos a la obra con las facturas pendientes de terminar y preparar dos presupuestos nuevos con los datos que le ha dejado su jefe sobre la mesa. Todo se acelera ante la llegada de la Navidad y el nuevo año.
A ratos, se descubre pensando en que siente como si durante todo el día no hiciera más que representar un papel, alguien que se ocupa de pagar facturas, hacer la compra, hablar con las compañeras, evitar que Maia muera de hambre...; pero que está fuera de lugar.
Pero es de noche cuando más acusa ese vacío. Siente escarcha en el corazón desde que Miguel se marchó. Por mucho que rellene las horas con el mundo de espejismos que ha creado en la red, siente que ha perdido el hilo que la mantenía atada a la realidad. Esta noche, en el sofá, con Maia enrollada entre sus piernas volverá a teclear: "Es tu silencio el que me ensordece, y esa ausencia tuya obstinada en permanecer junto a mí"
Quizá mañana sí haya algún mensaje de Miguel.
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